13 diciembre 2025

Robe; donde la música nos sostuvo.

Te escuché cuando aún vivía en una habitación demasiado pequeña para todo lo que sentía, con la cabeza llena de ruido y los bolsillos vacíos de futuro, cuando crecer era una palabra ajena y el miedo dormía conmigo, y así entró tu voz, como entra el humo por una ventana mal cerrada, sin pedir permiso, quedándose para siempre sin escocer.
Tu no hablabas de salvarse sino de resistir, de caminar torcido sin pedir disculpas, de querer aunque duela y de sangrar sin esconder la mancha. Y aprendí que el alma también se rompe por uso, que hay personas que se nos caen de las manos como el vaso de cubata y noches que no se curan ni terminan con amaneceres.
Fui dejando la adolescencia atrás como se deja una casa en ruinas, con culpa, con alivio y con algún fantasma metido en los huesos, crecí a trompicones, aprendí a sonreír por educación y a callar por cansancio, y tú seguías ahí, no como himno sino como melodía de fondo que me recordaba que la verdad no siempre es amable pero si necesaria.
Y en todo este camino había algo más que canciones, había una forma de estar en el mundo, una filosofía sin manual y un humanismo sin púlpito, la idea de que nadie sobra aunque esté roto, de que la belleza también vive en lo incómodo, en lo imperfecto, en lo que no se sabe explicar. 
Tu música no queria gustar, quería ser verdad, y tus letras eran refugio y espejo, un sitio donde poder mirarse sin vergüenza. 
En los conciertos no había grandes espectáculos, pero sí había versos resistiendo, gargantas abiertas, gente distinta que por unas horas dejaba de sentirse sola, como si ese ruido compartido ordenara un caos, como si cantar a pleno pulmón fuera la única manera de seguir vivos.
No eras como el resto, ni falta que hacía, porque lo tuyo no era encajar sino abrir camino, demostrar que se puede existir al margen sin desaparecer.
Y quizás por eso estoy aquí escribiendo, escuchando tus canciones, creyendo todavía en la palabra, en esa utopía de la que tanto hablabas y en la música como actos humanos, imperfectos y necesarios, porque algunas voces no pasan se quedan, y nos ayudan a sostener la vida cuando pesa más de la cuenta.
Gracias por todo Robe. 
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